Hoy
les quiero contar un cuento en el que, cualquier parecido con la realidad, será
pura coincidencia. O no…
Érase
una vez un reino que nació de la nada. Tras muchos años de trabajar para
construirlo y ponerlo a la altura de los reinos vecinos, los ciudadanos
ilusionados esperaron la llegada de la Princesa Cospi. Cuando ésta llegó a su
reino lo hizo prometiendo trabajo para todos y para todas, prometiendo una vida
mejor, prometió ser justa y gobernar para el conjunto de los habitantes… La
gente de su territorio estaba esperanzada. La veían todos los días en la
televisión y, claro está, creían lo que ella decía.
Comenzó
su reinado rodeándose de su séquito. Un séquito extraño, porque casi todos
venían de otros reinos. Todo el mundo se empezó a preguntar ¿por qué sus fieles
eran de fuera?, ¿defenderán nuestro reino?.
Muy
pronto, más bien desde su primer día de mandato, la Princesa Cospi anunció
muchas medidas y era extraño escucharl: casi ninguna tenía que ver con lo
anunciado antes de llegar al poder. Sus escuderos se hacían cargo de sus
carteras y empezaban a gestionar el reino. Entre sus más fieles escuderos,
destacaban dos especialmente.
El
escudero Marci se hizo cargo de la educación y decidió despedir a cientos de
profesores, cerró los colegios de los pequeños pueblos del reino, quitó las
ayudas que los niños tenían para comer… ¡Esto no era lo que la Princesa Cospi
les había prometido!. Los ciudadanos se empezaron a movilizar y protestaban por
estas medidas, pero ni la princesa Cospi ni sus escuderos escuchaban la voz de
sus habitantes…
El
escudero Chaniz, al que le tocó en suerte la sanidad y el bienestar social,
empezó a tomar medidas también: despidió a muchos médicos, dio algunos
contratos a empresas amigas del gobierno, paralizó las obras de hospitales y
centros de salud y eliminó las ayudas a discapacitados. Fue el primero que se
animó a aplicar que los jubilados y los enfermos crónicos pagaran por los
medicamentos y quiso cerrar muchos consultorios médicos. Los vecinos de los
pueblos afectados se echaron a la calle, se manifestaron, se fueron a los
juzgados, y el pueblo ganó la batalla: ¡los consultorios no se cerraron!.
¿Qué
está pasando? ¿Qué hace la princesa Cospi? ¿Nos mintió?, se preguntaba la
gente. Veían que en su reino solo los amigos de la princesa vivían mejor, se
beneficiaban de sus favores, mientras ellos día a día perdían servicios,
perdían poder adquisitivo, perdían incluso libertad… ya que si acudían a
protestar a la princesa, eran sancionados por la numerosísima guardia que la
protegía. La princesa no visitaba las muchas localidades del reino. Solo iba a
los polígonos. Así no tenía que mezclarse con el pueblo.
La
princesa continuaba saliendo en la tele, ¡y algunas veces decía cosas muy
raras!. Hablada de “indemnizaciones en simulado y diferido”, primero defendía a
Sir Luis y días después se enfrentaba con él. Nadie entendía qué ocurría. ¿Nos
está engañando?, se preguntaban extrañados.
La
princesa, que prácticamente no pisaba su reino, se dedicaba a otros menesteres
y no se preocupaba por los problemas de sus ciudadanos. De aquella promesa de
empleo ya no quedaba nada… Cada día, cada mes, más y más familias se quedaban
en paro, no se ponían en marcha medidas para intentar aliviar los problemas de
la gente. La princesa solo miraba por ella.
Los
habitantes del reino estaban terriblemente decepcionados y cansados de la
princesa y sus escuderos, que se empeñaban en hacer creer que estaban haciendo
las cosas bien. La gente se sentía engañada y había llegado a la conclusión de
que, efectivamente, les había mentido.
Como
la Princesa Cospi veía que el pueblo ya no la quería, decidió cambiar las
reglas para perpetuarse y, de esta manera, aunque los ciudadanos decidieran que
ella no continuara siendo la princesa, ella, haciendo trampas, seguiría
gobernando el reino. Pero la gente no perdonó a la mentirosa Princesa Cospi ni
a sus escuderos. No olvidaron el sufrimiento que vivieron durante sus años de
mandato y, cuando superaron las trampas que una vez y otra intentó tender, la mandaron
a su Mansisón Toledana.